Noël Vicens Boileau nació en Canadá y en la actualidad se desempeña como profesor de filosofía en Mallorca, Islas Baleares. Su formación académica siempre ha girado en torno a esta disciplina, revalorizando la obra de Nietzsche y Ortega y Gasset. En 2019, la editorial española Alféizar publicó su ópera prima A-tópos, una novela distópica. A inicios de septiembre contacté con el autor y me concedió la presente entrevista.

Podrá sonarte como una pregunta básica, pero la considero necesaria. ¿Qué significa la escritura para Noël Vicens Boileau?

Es una pregunta muy pertinente, ¿por qué razón dedicar tanto tiempo a una actividad en concreto? La escritura y la lectura han sido parte de mi vida desde muy pequeño. Sentía gran admiración hacia los libros y veneraba a los autores que eran capaces de engancharme a una buena historia. Siempre pensé que yo también lo podía hacer, y así ha sido. Mal que bien, puedo decir que soy autor de un libro.

Entonces, para mí, la escritura supone, mi herramienta de trabajo; soy profesor. Muy útil para poder ordenar mis ideas; estudié Filosofía. Y, finalmente, un entretenimiento que me divierte y veo que gusta a otros.


Háblanos de A-tópos. ¿Cómo fue concebida la historia?

Pues, A-tópos se concibió en una clase de Filosofía Política en la universidad cuando el profesor explicaba el concepto de superestructura en el pensamiento de Marx. Era un momento de mucho revuelo social en España, el 15M de 2011, y me pregunté qué sucedería si apareciera un líder que fuera capaz de capitanear toda aquella masa de “indignados”, tal y como se hicieron llamar. Junté ambas cosas y como resultado apareció esta ficción distópica que es A-tópos.

Como tardé 4 años en escribir la novela, desde el 2015 hasta el 2019, pude observar que había ciertos patrones que se repetían a lo largo del mundo en cuanto a manifestaciones y revueltas sociales. Eso me dio la idea de la indefinición en la novela, A-tópos, viene del griego clásico y significa no-lugar. Es decir, todo lo que sucede en la novela podría pasar en cualquier momento y en cualquier lugar.

Gerard, el protagonista de A-tópos, es un inconforme. Escribe un panfleto en contra de un sistema represor e inmediatamente siente el peso del régimen. ¿Crees que existe esperanza en el enfrentamiento del ciudadano común contra gobiernos cada día más controladores?

La ficción es la ficción, ahí hay cabida para imaginar un gobierno tiránico y totalmente desvinculado del pueblo que gobierna; no debemos olvidar que en mayor o en menor medida, la democracia es la forma de gobierno más extendida en el mundo. Ahora bien, cabe decir que depende de cada uno de nosotros, como ciudadanos, que seamos parte activa del devenir político para poder llevar a cabo un control efectivo del gobierno. Éste, está a nuestro servicio, no lo olvidemos.

El control ha cambiado, ahora somos nosotros mismos que damos acceso sin preocupación alguna a toda nuestra información e intimidad. El teléfono móvil, celular para nuestros hermanos del otro lado del Atlántico, sabe más de nosotros mismos que nosotros mismos. Ahí es donde entra A-tópos, se denuncia que existe un poder en la sombra que maneja los hilos tras el gobierno; ese poder se traduce en los lobbies de presión en el mundo real. No obstante, en la ficción tienen más fuerza todavía.

¿Constituye la literatura un mecanismo para explorar la realidad sin intentar modificarla, o crees, en la línea de Vásquez Montalbán, que el escritor no debe ser ajeno a sus contextos sociales y políticos?

El contexto del autor, o su circunstancia si usamos nomenclatura orteguiana, es la realidad que le envuelve y le afecta directamente. Que se escriba sobre un tema u otro, depende directamente del qué está sucediendo en el momento. La realidad nos constriñe y hace que nosotros tengamos que pensar sobre ella. Incluso aquel escritor que se centra en construir mundos propios para evadirse de su momento vital, está siendo afectado, de un modo u otro por su contexto.

Eres catedrático de Filosofía. ¿Hasta qué punto sientes presente esta disciplina en tu escritura y de qué manera se integra en tu narrativa?

Soy profesor de Filosofía en secundaria; por mis manos pasan niños de 12 años hasta 18 años. En España, la figura del catedrático de secundaria está casi desaparecida; el catedrático que yo conozco trabaja en la Universidad. Desconozco si más allá del Atlántico el concepto de catedrático tiene más acepciones.

La Filosofía es parte intrínseca de mi vida. Ha afectado tanto a mi modo de ser como con mi percepción de mi vida. La Filosofía está totalmente integrada en mi escritura en muchos aspectos. Me gustaría destacar un aspecto: la claridad. Como dijo Ortega y Gasset, la claridad es la cortesía del filósofo. Siempre he intentado cumplir con esta máxima cuando escribo y hablo.

Y en cuanto a la literatura, ¿cuáles consideras que son tus influencias?

Para la escritura de A-tópos partí de 1984 de Orwell y La rebelión de las masas de Ortega y Gasset, un autor que, como ya está quedando patente, me apasiona. A partir de ahí, amplié horizontes con clásicos como Fahrenheit 451 de Bradbury o Un mundo feliz de Huxley.

Asimismo, no solo me ha influenciado la literatura. El videojuego Half Life 2 del grupo Valve o la relación alumno-profesor que se da en la serie Breaking Bad me inspiró para la de mis protagonistas, Gerard y Marc. La escritura, como la vida, es ecléctica.

¿Qué rol desempeña la literatura en contextos de confinamiento y crisis como los actuales?

En primer lugar, entretiene. Existen infinidades de libros y son pocos los que realmente tengan un cometido que no sea el de contar una buena historia al lector y que éste se lo pase bien. Evidentemente, la lectura es un hobby que implica un nivel de concentración y actividad mayor que, por ejemplo, mirar la televisión. Así que la literatura, además de entretener, da pie a pensar. Pone en marcha los engranajes de la cabeza para que se dé lugar a la reflexión.

Cabe decir que en este contexto inimaginado como es el de una pandemia mundial, nos hemos dado cuenta que la cultura es el elemento indispensable que nos humaniza. Las cuatro paredes de mi casa se desvanecían cuando mantenía mi mente ocupada.

¿Consideras que los gobiernos durante la temporada de pandemia y confinamiento han perfeccionado los mecanismos de control sobre sus ciudadanos?

Es difícil saber esto. El software de reconocimiento facial chino ha avanzado una barbaridad y esto fue noticia antes de la pandemia. Creo que el mecanismo de control recae en otro lugar, no el en gobierno directamente. La patata caliente están en las empresas privadas que poseen, por ejemplo, las redes sociales. Prueba de ello es que el gobierno español, tras la liberación de la App Radar Covid en las tiendas de aplicaciones, no le ha sido suficiente para controlar la pandemia en mi país y ya está elaborando un anteproyecto de ley para poder acceder en casos puntuales a las aplicaciones de mensajería instantánea como Telegram o WhatsApp.

¿Alguna lectura que nos recomiendes?

Sin lugar a dudas recomiendo el útlimo libro que me he leído y me ha enganchado como hacía tiempo que no lo hacía ninguna novela: Reina Roja de Juan Gómez Jurado. Este autor ha conseguido mucho mejor que yo escribir una novela llena de acción, frenética y que mantiene el suspense hasta el final. La recomiendo al 100 por 100.

¿Qué proyectos literarios tienes para el futuro? ¿En qué estás trabajando?

Estoy opositando para poder ser funcionario docente. Esto me está consumiendo gran parte del tiempo libre del que dispongo. Lo cual, retrasa mis proyectos literarios. Mi intención es que A-tópos sea una trilogía. El segundo libro se titulará Dis-tópos y prosigue con las aventuras de Marc, ya que su final en la primera novela es muy abierto. La tercera entrega quiero que sea algo bastante diferente a lo que he hecho hasta ahora, sigo dándole vueltas a cómo lo haré, pero ya tengo un esbozo de la trama, la cual se llevará a cabo unos 200 años después de los acontecimientos sucedidos en A-tópos; concretamente, tras una destrucción total del mundo tal y como lo conocemos. Me inspiraron las palabras de Albert Einstein cuando dijo en una entrevista que desconocía con qué armas se iba a disputar la Tercera Guerra Mundial, pero tenía claro que la cuarta sería a pedradas.


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  • Diego Maenza

En La comedia de las equivocaciones, Shakespeare prefigura el tema de los hermanos idénticos, con una historia tan intrincada como hilarante en el drama de los Antífolos y los Dromios, dos gemelos nobles y sus respectivos esclavos mellizos separados en una tormenta, inspirado a su vez por Los dos Menecmos, la famosa comedia de Plauto. Asumiendo esta herencia, hallamos planteamientos similares como el desdoblamiento de la personalidad en Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson y El doble de Dostoievski. Como una variante, también Saramago ha abordado la temática del Doppelgänger en El hombre duplicado, novela en la cual un desdichado individuo encuentra a su sosia exacto, aparentemente sin ningún vínculo familiar. Emblemático es el relato de Pablo Palacio, La doble y única mujer, de connotaciones menos psicológicas y más encaminadas hacia lo físico entre siamesas que dilucidan sobre su naturaleza excepcional. Y en la actualidad suena muy popular Una inquietante simetría de Audrey Niffenegger, que plantea el tema de las gemelas, en un libro a todas luces pensado para satisfacer a las masas.

Todas estas tradiciones las trastoca Laura Echevarría en El espejo, una novela elegante y envolvente. Con una prosa que no raya en la rimbombancia ni peca de sequedad, Echevarría nos introduce en el crudo drama de Marina, una muchacha sometida a los designios perversos del destino, pero que porta dentro de sí la suficiente fortaleza para encarar al sino que la condena.

Nuestra joven protagonista se verá sometida a escarnios de diferentes naturalezas y magnitudes.

Partiendo de una premisa casi fantástica (que recuerda mucho al realismo mágico clásico: mal de ojos, maldiciones, curaciones espontáneas, quiromancia y profecías), e incorporando la mejor tradición realista, El espejo de Laura Echevarría borda historias increíbles de desdichas que confluyen en un final mesurado.

Rita y Marina son gemelas, tan parecidas que apenas son identificables por el aspecto de sus ojos: en la primera, la vista izquierda es negra y la derecha azul, en la segunda todo lo contrario. Pero las coincidencias de sus físicos difieren en totalidad de las características de sus almas. Marina toma fama de lanzar maldiciones; Rita, de curarlas.

Tras abandonar su natal Iguala, donde la han obligado a desposarse en un matrimonio de conveniencia, y donde ha cosechado la fama de provocar mal de ojo sobre sus circundantes, Marina se traslada a Ciudad de México con el fin de profesionalizarse y de escapar de todo lo malo que ha dejado atrás. Allí surgirá la amistad sincera con Yoko, un joven que la acompañará hacia un nuevo descubrimiento de madurez social y personal. Allí padecerá la misma violencia machista que no es exclusiva de los pueblitos bárbaros y apartados, sino que se encuentra incrustada en toda una sociedad. Marina seguirá portando ese halo de fatalidad que la acompaña y la resguarda, pues si bien es cierto que porta la facultad maléfica de infligir daño de manera inconsciente en las personas que pretenden atentar contra ella, este mismo misterio la protege de sus posibles castigadores.

Apelando a la individualización, cada gemela conlleva una carga sobre sí, positiva la una, de desgracias la otra, pero que, como en el reflejo frente a un espejo, acabarán trastocando sin que podamos determinar quién actúa de manera benéfica y quien es la que genera cargas de maldad.

El espejo no nos direcciona hacia una literatura gótica, tampoco se perfila como una novela psicológica, pues si bien hace acopio de ciertos principios pertenecientes a esta parcela del conocimiento para adentrarnos en la piel de las protagonistas, es únicamente para resaltar su condición de contrapuestos y no para marcar postulados.

Laura Echevarría nos obliga a pararnos frente a su artilugio, nos trastoca los contextos, los voltea, los refracta de manera seductora, y nos invita a reparar en que la realidad también tiene otros contornos, otros matices, otros reflejos.


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Miguel Ale es poseedor de una personalidad creativa multifacética. Músico y escritor, Miguel también ha explorado los caminos de la pintura. Este creador argentino se encuentra promoviendo su más reciente novela: Huellas de sangre entre la hierba, de la cual hablamos en esta entrevista. Escritor de poesía y narrativa, Ale prefiere manejar sus obras por cuenta propia, y de esta manera ha publicado y difundido varios de sus libros. Contacté con Miguel a inicios de junio. Este es el resultado de nuestra amena conversación.


Eres escritor y también cantautor. Cómo compaginas estas dos facetas.

Tomo al arte como una unidad monolítica, pero por sobre todo como una expresión visible de la idealización humana de la libertad. La libertad, con las limitaciones que le van imponiendo las vivencias a través de las inhibiciones sociales, parte de lo más libérrimo del ser que es el pensamiento. Los hechos concretos no llegan a reflejar ni una mínima parte aceptable de lo que se piensa, porque lo imaginado tiende siempre a superar las posibilidades con las que uno cuenta. Es el precio que el humano paga por poseer el discutible privilegio de la inteligencia. Pero como nuestra mente es un volcán de permanente actividad, una caldera en constante ebullición, ante un siempre amenazante deterioro catastrófico hay algunas pocas, poquísimas salidas. Válvulas por las que se puede hallar cierta descompresión. Una de ellas es el arte. La otra podría ser la locura. En ocasiones funcionan asociadas. Los resultados son manifestaciones inútiles, que solo pueden servir para el ocio. Nadie puede discutir que un poema es igual de importante que un neumático, por ejemplo. Hablo de utilidad en la práctica. Sin embargo, detrás de las dos construcciones hay un trabajo, un esfuerzo, a veces hasta agotador. El caso es que esa ambulancia pudo cambiar su rueda pinchada, reanudar la marcha y llegar a tiempo para salvarle la vida a la persona que conducían. Pero, ¿y el poema?, nos preguntaremos. El poema no sirve para nada. Solo que hay algo que lo hace poderoso. Poder también que puede detentar una canción, una actuación, la contemplación de una pintura. Y ese poder está cimentado por los sentidos. Esas manifestaciones extravagantes e inexplicables como nuestra procedencia, que emanan del arte, entraron por los ojos de cada ser, o por los oídos, y si alguien careciera de estos sentidos igual llegarían al núcleo de los sentimientos mediante la textura, el olfato o vibraciones diversas. Pero llegarían porque nada las detiene. Porque parecería ser que la vida, mientras el corazón late, es eso, sensaciones, todo el tiempo y en toda diversidad; hasta en lo que se sueña al dormir. Este absurdo del arte es un combustible que pone en marcha la vida y a partir de esas premisas se elabora todo lo material. Neumáticos incluidos. Dicho esto, para algunos como yo que buscan expresarse para no explotar, pueden hallar el escape en la literatura, en mi caso primero en el canto, casi al unísono al aprender a hablar y, en algunas épocas con la pintura. Como verás, bastante insondable todo.

¿Cuáles son tus referentes a la hora de escribir? ¿A qué tradición te adhieres?

A ninguna. Después de leer cientos, talvez miles de libros y materiales impresos, pienso que cada obra inaugura un estilo, es nueva y única. El hijo puede parecerse al padre, al abuelo o a ambos. Pero no es ninguno de ellos.


Tu novela El caricaturista conserva un vuelo existencial. ¿Cómo nació y cuál fue su desarrollo?

Es un historial de recuerdos de hechos que nunca ocurrieron. O sí, pero narrados con un sentido onírico y, según me han acotado, mordaz, que hace que todo sea singular. He pensado bastante en esto y mi única sospecha es que lo irónico ha sido un recurso inconsciente para aplacar la tristeza que me ha producido escribirlo en todo su desarrollo. Muchos lectores me han preguntado si es o tiene algo de autobiográfico. Y la verdad es que no. El protagonista es opuesto a mí en casi todo. Pero puede que haya algún hilo invisible que nos une y aún no he descubierto. Porque me produce cierta nostalgia y hasta melancolía releer alguna página o con solo pensarla. A casi todos mis libros los he escrito en poco tiempo; meses. Este en cambio me llevó unos dos años. Creo también que habrá influido la época en que viajaba bastante por el mundo. Los detalles geográficos de las historias fueron para mí lugares conocidos.

En La canción del cautivo haces acopio de las premisas de la novela histórica. ¿En qué medida es necesario apegarse a los hechos del pasado histórico con exactitud y cuánto de libertad posee el escritor para configurar la narración?

Una novela histórica posee la libertad que por imposición le está vedada a un libro de historia o un ensayo. La ficción usualmente toma fechas, enclaves geográficos, hechos memorables y hasta personajes centrales, pero a partir de eso se mueve a su antojo. Incluso de manera atemporal y anacrónica. He leído por ahí de una entrevista entre Freud y Kafka con un diálogo muy interesante, cuando en realidad nunca se conocieron. También en la ópera-rock Evita, la protagonista se entrevista con el Che Guevara. Hecho imposible por diferencia de años. Sin embargo nadie señaló esto como un defecto sino como la apelación a un recurso; en este caso estrictamente comercial. La canción del cautivo transcurre en gran parte en un pueblo ficticio. Y descontando hechos y protagonistas, todo el entorno geográfico y personajes históricos son reales.


En Buscando la noche que perdimos apelas a una tradición romántica. ¿Cuál fue la necesidad de encaminar la historia hacia ese ritmo?

La idea me llegó como la de cualquier otro libro. No tuve una determinación de escribir una historia enteramente romántica. Además creo que no lo es. Es más bien una indagación sobre posiciones y convicciones sobre una disparidad de sentimientos. Personalmente no tengo definiciones convincentes, mucho menos categóricas, sobre que es el amor de pareja. Y eso que he tenido una vida sentimental como casi todo el mundo y llevo muchos años de matrimonio. Pero todo lo que he leído y conversado sobre el tema, modo definiciones, no me convence. Hay infinidad de sensaciones que el lenguaje no es apto para explicar. Pero sí posee facultades para brindarle al lector, mediante el poder de la palabra, apoyo para afianzar tendencias instintivas, ordenar ideas y canalizar sus sensaciones. Un ejemplo de lo que digo me lo dio interiorizarme en la opinión de expertos sobre la existencia y validez del llamado “amor a primera vista”. Tema que desnuda muchos vericuetos psicológicos de las relaciones sentimentales de pareja. Y también ciertas complejidades que muchos subestiman en la literatura, hasta caer en cuenta que quien más, quien menos, lleva algo de eso y puede que hasta pesado, en la mochila de su historia personal. Una lectora de Nueva Zelanda, que ya había leído libros de mi autoría, me confesó que esta novela no parecía haber sido escrita por mí. Le aseguré que sí. Tiempo después se volvió a comunicar y me contó que releyéndome, también había encontrado pasajes románticos y hasta eróticos en otros libros que nunca calificaría como románticos. El caricaturista, por ejemplo. Yo no tengo reparos en decir que Ana Karenina, que comenzó apareciendo por entregas en un folletín ruso del siglo XIX, es en esencia una novela romántica. Lo mismo que Madame Bovary. Insisto, primero la calidad, después el género.

Tu narrativa se acopla con facilidad a diversos registros. ¿Qué opinión tienes acerca de los géneros, entendidos como lo histórico, lo romántico, lo policial?

Como lector nunca tuve preferencias por los géneros. Soy de una ciudad pequeña en medio de la interminable pampa argentina, por lo tanto, en materia de libros, encargábamos lo que se podía, llegaba lo que a los distribuidores se les antojaba y siempre recurríamos a la biblioteca local. Por lo tanto leía de todo. A la hora de escribir, el resultado fue algo parecido. Comencé con poesía hasta animarme a redactar relatos breves. Esto me llevó a valorar los libros en general por su calidad y no por géneros determinados. O no tanto. Por ejemplo, no he sido muy devoto de la Ciencia ficción pero reconozco haber leído libros maravillosos. Quedé impactado con Ray Bradbury, más tarde con Stanislaw Lem, Samuel Delany y algún otro. Me encanta Anne Rice y creo que jamás escribiría sobre el tema que la popularizó. Y así Borges, Cortázar y Juan Marsé. En definitiva, me gustan los buenos libros más allá de los géneros. Pero es bueno reconocer que tanto la literatura como la música, ya sea por conducción mediática o estrecha formación de base, está llena de snobs.

Y precisamente, hablando de los géneros, te encuentras promoviendo tu última novela Huellas de sangre entre la hierba. ¿Puedes hablarnos más de esta?

Sí, claro. Puede calificarse como un thriller. Incluso como novela negra. Hay crímenes, tiroteos, ciertas alusiones futuristas y hasta romance. Pero todo con un halo permanente de tragedia. Diría que casi como se vive en el mundo actual. Delincuencia urbana, amenazas entre potencias internacionales, pandemias, racismo intolerante, contaminación y destrucción planetaria, pobreza extrema, ostentaciones groseras, represión, descontroles inducidos maquillados de libertades y derechos, manipulación. La historia se sitúa en Estados Unidos y en la actualidad. Pero como toda novela policial, la acción gira en torno al rol imprescindible del factor humano.




Manejas un modelo independiente con respecto a tu trabajo. ¿Qué experiencias positivas conservas en torno a la difusión de tu obra, y cuáles han sido los momentos menos gratos?

El negocio editorial viene experimentando un cambio radical. En algunos se está dando en procesos paulatinos y en otros ya se ha concretado. En la música, por ejemplo, las tiendas de discos han desaparecido y las librerías, indefectiblemente, seguirán el mismo camino. Quedarán algunas como salas de museo para la posteridad. Los nostálgicos están llorando y las camadas jóvenes no entienden por qué. Las antiguas editoriales también lo harán al ver cortados sus abusos monopólicos. Personalmente no me prestaré más a sus juegos. Eso sí, los lectores seguirán. Y eso es lo auspicioso.


¿Qué autores contemporáneos recomiendas?

Es que casi no leo autores contemporáneos. Y de un par que he leído en los últimos años no me parecen adecuados como para que los recomiende. ¡No he tenido suerte en las elecciones! Para salir del paso mencionaré a la española Almudena Grandes y a un controvertido pero interesante personaje francés, llamado Michel Houellebecq.


¿Y clásicos?

Podría mencionar a varios. Obedeciendo a mi corazón de niño, a Salgari, a Stevenson. Ahora para deslumbrarse con la maestría narrativa de hacer de una anécdota intrascendente una historia deslumbrante, tipo Crimen y castigo, donde simplemente un perturbado quiere matar a una vieja usurera, frecuentar a los rusos, empezando por Dostoievski. Y para todo el que desee aprender a escribir con todo el arte que cada quien pueda dar, aprender a leer con independencia para entender el mensaje del autor y a su vez elaborar una interpretación propia sin culpa; en definitiva, estudiar y gozar el arte de contar y transmitir, recomiendo a Balzac, Cervantes, Faulkner, Tolstoi, Céline, solo por citar algunos célebres.


Ha sido un gusto, Miguel.

Gracias, igualmente.


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