• Diego Maenza

Actualizado: 11 de jul de 2018

Al igual que otros intelectuales contestatarios al cristianismo como Michel Onfray, el escritor Josef Winkler padeció el catolicismo en su infancia y volcó su experiencia interna en su escritura. Por su enfrentamiento literario con la tradición católica, Winkler podría ser llamado el Fernando Vallejo austriaco, de no ser por la sutileza de su estilo, adosada a imágenes complejas que se estrellan contra los detalles, en una muestra de alarde descriptivo del que sale bien librado.

De su obra, en alguna ocasión afirmó (mitad en broma, mitad en serio) que la utilizaba para devolver el daño que la religión le hiciera, y la plasmaba como una inmensa blasfemia. Es como escuchar a Fernando Vallejo en La puta de Babilonia cuando asegura que va a cobrar al poder eclesiástico las cuentas pendientes de la niñez.

El acercamiento iría estrictamente por comparación temática, por la similitud en el interés de abordar en sus libros la homosexualidad, la religión y la muerte, mas no por sus estilos, muy disímiles tanto en voces como en estrategias narrativas.

La literatura de Winkler, construida por una preocupación sonora y una estructura salmódica, con la cadencia de las jaculatorias (su estilística está nutrida por el peso de los rituales de la ortodoxia) se copa de imágenes a manera de fotografías que ensambla para forjar su narrativa, y aunque en principio esta habilidad se sienta forzada, tomada en conjunto manifiesta un renovado intento expresivo pautado por las descripciones más que por la acción.

Esto se conjuga en Natura morta: novela corta romana. Su protagonista (un joven de piel bronceada inflamado por la impudicia de una adolescencia voluptuosa) marcha por la plaza Vittorio Emanuele en Roma. Piccoletto (así apodan a nuestro héroe) circula a través de las calles del mercado seduciendo con su sola presencia semidesnuda a las muchachas de la zona.

Por el mercado transita toda una retahíla de personajes pintorescos: árabes, refugiados de guerra bosnios, gitanos españoles, buscavidas de Bangladesh y de Sri Lanka, turistas japoneses, todos deambulan por los puestos de venta de frutas, salchichas, carneros despostados y locales de otras excentricidades que regenta una nutrida gama de criaturas consumidas: la vendedora de ancas de rana, los drogadictos que trafican animales vivos, los prostitutos marroquíes.

Horas antes de la tragedia que pondrá en evidencia la crueldad que se cierne desde el destino, una chica que juguetea con un chupete intercambia miradas con Piccoletto a pocos pasos de la puerta de entrada del Vaticano e intuimos que se alejan para mantener sexo ocasional. Ya de regreso a su puesto de trabajo (es ayudante de Frocio, un pescadero orondo que desea sexualmente al muchacho), nuestro protagonista sufre un accidente. Frocio acude al lugar del infortunio y carga el cuerpo de Piccoletto (como un moderno Aquiles desolado por la muerte de Patroclo) mientras se desplaza a través del mercado ante la mirada atónita de la muchedumbre.

En este punto se construye uno de los pasajes más armónicos del libro, pues este recorrido de la muerte se presenta como una secuencia de fotogramas que destaca la que pareciera ser la consigna de Winkler: chocarse contra los detalles (me recuerda a la escena final de Leñador de Mike Wilson, cuando el protagonista tarda quince páginas para insertar el hacha en un árbol, o a ciertas líneas de Todos los nombres de José Saramago donde un personaje gasta veinte páginas en abrir una carpeta).

La morosidad descriptiva de la escritura de Winkler, en Natura morta, se compensa con la maestría de su estilo. Se ha llamado la atención con respecto a la presencia de Pasolini en sus novelas; yo me inclinaría a señalar un referente más cercano: el cineasta Fassbinder y su estética del maniquí, que con cada captura de las situaciones nos brinda el respiro necesario y la perspectiva adecuada para escarbar los detalles, intimar con ellos y reparar en las peculiaridades que de otro modo pasarían inadvertidas y cuyo influjo en nuestra mirada lectora modifica las intenciones de nuestros héroes.

Josef Winkler ha trabajado sobre diversas geografías, desde su natal Carintia hasta Italia y la India. En Natura morta, más que vigilar un territorio realiza una cartografía del deseo y el sufrimiento y nos invita a ser espectadores de primera fila de una tragedia que quedará latiendo más allá de la lectura.

  • Diego Maenza

El escarabajo ha sido un numen sagrado en diferentes culturas. Es legendaria la relación de protección que le atribuían los creyentes del antiguo Egipto, a tal punto que guardaban la tradición de que sus amuletos con la imagen del insecto, tallados en basalto negro o jade, los acompañaran en el viaje hacia el más allá. En el sincretismo copto se continuó propalando su culto al identificar al mesías judeocristiano como el Buen Escarabajo. Los beduinos lo adoraron bajo el calor del desierto; los incas, como alimento sagrado (consumían el catzo, un escarabajo blanco). Frazer, en su revelador libro La rama dorada, destaca la importancia espiritual de este coleóptero en las invocaciones mágicas o en su asimilación para los rituales totémicos.

Qué tiene que ver la literatura con el carácter numinoso que se le ha concedido a un insecto, me preguntará el más atento. Pues nada. O quizá todo, teniendo en cuenta que la novela de la que hablaremos tiene como protagonistas a estos enigmáticos bichos.

Leonardo Valencia es autor de obras tan extensas como complejas; novelas como El desterrado y El libro flotante de Caytran Dölphin retratan las experiencias de seres que erran entre el viejo y el nuevo continente, y al igual que los personajes de Broch chocan con los cambios de inicio y fin de siglo, con aquello que Houellebecq ha llamado mutaciones metafísicas de la historia, entendidas como cambios antropológicos trascendentes: los personajes de Broch enfrentados a una modificación social y psicológica en la cual los antiguos valores fenecen y son reemplazados; los personajes de Valencia desorientados en la necesidad de asimilar los nuevos lenguajes y códigos culturales de interacción, inmiscuidos en el tránsito vertiginoso hacia una modernidad global.

La luna nómada es una tentativa mucho más arriesgada, un libro de cuentos que evoluciona, una escritura progresiva producto de un permanente control de incremento y depuración de sus historias (cada edición nos llega mejorada en su amplitud estilística), al valerse de un procedimiento que coloca al autor a la vanguardia de las letras.

En Kazbek, novela elegante y erudita, la armonía del arte de Valencia se conjuga con una propuesta sutil: ilustraciones de escarabajos. Decirlo así tendría su gracia, si no fuera por la seriedad del tratamiento temático, el levantamiento de una estructura ingeniosa, la sofisticación de los escenarios y la sobriedad de sus líneas, pulidas con un lenguaje cuidado en el exceso. Pero en Kazbek no todo es seriedad, y no precisamente por algún elemento interno en la trama o en los diálogos, sostenidos con la prudencia del caso, sino por su configuración externa, por esa intención lúdica de hibridar lenguajes.

Un artista llamado Peer confía a un escritor llamado Kazbek la labor de redactar textos sobre ilustraciones de escarabajos que escapan del país de los volcanes. El espíritu de Kazbek está preparado para escribir su Gran Novela, y el proyecto sugerido, en principio, lo desorienta. Kazbek busca un asidero para comenzar el encargo y en un arrebato por generar una tradición creada y no asumida o impuesta, invoca un inventario de las novelas de pequeño formato al cual poder aferrar su escritura y que imagina como el culmen de la perfección, una nomenclatura de la nouvelle, una breve historia de la historia breve (al decir de Adoum), una biblioteca portátil que cabe en una sola página.

No es difícil asimilar las correspondencias: Kazbek escribiendo sobre los escarabajos del señor Peer resulta ser el propio Leonardo Valencia redactando la novela con los dibujos del artista Peter Mussfeldt. Es sorprender a Valencia dentro del propio mundo que forjó. El autor como dador de vida, el escritor como hacedor. Y como todo buen demiurgo concibe criaturas que poseen el don de la rebelión. Por ello los bichos se escabullen de las páginas para insertarse en nuestra memoria.

Inmiscuidos en la novela, en apariencia Kazbek no es un libro fuera de lo común: una novela breve que enaltece la tradición de la novela breve. Pero pasadas sus páginas el asombro se evidencia al tropezar con criaturas que merodean por la historia, que agitan sus élitros y sus alas traseras de tanto en tanto para irse posando de un lugar a otro, cuando el autor dosifica la narración con la descripción imaginaria de las intenciones y destino de los bichos y ellos caminan sobre las hojas: nos sobresaltan y nos invitan a la extrañeza.

Como sucede en El libro flotante de Caytran Dölphin, los fragmentos que definen a los escarabajos escapan a la categorización: es poesía, pero algo más profano a la vez; es reflexión, pero que evade las pretensiones de los pensadores; es narración, pero adosada a una filosofía de la escritura.

¿Dónde está el límite de la ficción? Ilustrar un libro o textear unas ilustraciones. Aquí se agita el pantanoso terreno que pisa Valencia para hundirse en la ciénaga de las complejidades, en el amalgamiento de dos artes que le permite emerger renovado junto a dieciséis escarabajos como talismanes (a la manera de los antiguos creyentes egipcios) regurgitados de una garganta volcánica y que hace de Kazbek un libro irreverente.

Por mi parte seguiré desprendiendo a Kazbek de mi biblioteca cada vez que pueda, para que me acompañe en viajes o paseos, como un objeto transicional que me recuerda que los libros de pequeño formato también pueden ser invocados con fervor metafísico, como si fueran verdaderos amuletos de amatista.

© 2016-2021 por DIEGO MAENZA

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