TRATADO DE LOS MANIQUÍES O SEGUNDO LIBRO DEL GÉNESIS

BRUNO SCHULZ

Traducción de Jorge Segovia y Violetta Beck

Ilustraciones de Bruno Schulz

El Demiurgo –dijo mi padre– no tuvo la Gracia de la creación; la creación es una potestad de todos los espíritus. La fecundidad de la materia es ilimitada, posee una fuerza vital inagotable, y, al mismo tiempo, un poder de seducción que nos lleva a moldearla. En el corazón oscuro y recóndito de la materia se esbozan sonrisas indefinidas, se crean tensiones y se concentran las formas larvarias. La materia late ante las posibilidades interminables que la atraviesan como vagorosos estremecimientos. Mientras espera un soplo de vida, la materia reverbera sin cesar y nos tienta con un sin fin de formas dulces y maleables, nacidas de sus oscuros delirios.

“Carente de iniciativa propia, de lujuriosa maleabilidad, voluble como una mujer, dócil ante cualquier impulso, la materia es una tierra de nadie abierta a toda clase de charlatanería y diletantismos, a los abusos y las manipulaciones demiúrgicas más equívocas. La materia es el elemento más pasivo y desamparado del cosmos. Cualquiera puede moldearla a su antojo. Todos los componentes de la materia son transitorios e inestables, propicios a la regresión y la disolución.

 

“No hay nada pecaminoso en limitar la vida a normas nuevas y diferentes. La destrucción no es pecado. Muchas veces es una violencia necesaria respecto a las formas rebeldes y osificadas y que han perdido interés. En el campo de un experimento arriesgado y fascinante, quizá pudiese considerarse como una virtud. He aquí, tal vez, el punto de partida de una novísima apología del sadismo.”

 

Mi padre glorificaba, incansable, ese extraordinario elemento que es la materia. “No hay materia muerta –nos instruía–, la muerte solamente es una apariencia bajo la que se ocultan formas de vida aún desconocidas. La magnitud de sus formas es infinita, y sus matices inagotables. El Demiurgo estaba en posesión de esenciales y extraordinarios arcanos de creación. Gracias a ellos, creó un sin fin de especies con capacidad para reproducirse por sí mismas. No sabemos si tales arcanos podrán ser reconstruidos algún día. Aunque no sería de todo punto necesario, puesto que si esos inmemoriales procedimientos nos fuesen prohibidos de una vez para siempre, nos quedarían otros métodos ilegales, una infinidad de procedimientos heréticos y pecaminosos.”

A medida que mi padre pasaba de esas generalidades cosmogónicas a consideraciones que le afectaban más íntimamente, su voz bajaba de tono hasta convertirse en un penetrante susurro, su exordio se hacía poco a poco difícil y confuso, y se perdía por regiones cada vez más inciertas y arriesgadas. Su gesticulación adquiría entonces una solemnidad esotérica. Entrecerraba un ojo, se llevaba dos dedos a la frente, y la inquietante astucia de su mirada se hacía insoportable. Paralizaba a sus interlocutores –seduciéndolos– con aquellas miradas, violaba con su cínica expresión sus pensamientos más íntimos y vergonzosos, hasta que alcanzaba el más lejano rincón de los mismos, los ponía contra la espada y la pared y los cosquilleaba con un dedo de ironía, y finalmente conseguía de ellos una luz de comprensión y risa, la risa de la aceptación y la entrega, el signo visible de la capitulación.

 

Las muchachas permanecían sentadas, inmóviles; la lámpara humeaba. La ropa había resbalado hacía ya rato de la máquina de coser, que seguía funcionando inútilmente, cosiendo el hilo que la noche invernal desarrollaba inmisericorde y sin fin. “Hemos vivido demasiado tiempo bajo el terror de la perfección inalcanzable del Demiurgo –decía mi padre–, durante un tiempo demasiado largo la perfección de su obra ha paralizado nuestra propia creación. Pero no queremos competir con él. No tenemos la ambición de igualarlo. Queremos ser creadores en nuestra propia y baja esfera, deseamos el privilegio de la creación, el placer creativo, deseamos –en una palabra– la demiurgia.”

 

No sé en nombre de quién mi padre proclamaba tales reivindicaciones, qué comunidad o corporación, secta u orden le ofrecía un leal amparo que acababa impregnando sus palabras de una profética gravedad. En cuanto a nosotros, estábamos lejos de las aspiraciones demiúrgicas.

 

Sin embargo, mi padre desarrollaba el programa de aquella segunda demiurgia, de aquel Génesis heterodoxo que debía oponerse abiertamente al orden existente.

 

“Nosotros no aspiramos –decía–, a obras de largo aliento, a seres duraderos. Nuestras criaturas no serán héroes de novelas de muchos volúmenes. Sus papeles serán cortos, lapidarios, sus caracteres sin profundidad. En ocasiones únicamente los llamaremos a la vida para que ejecuten un solo gesto o pronuncien una sola palabra. Lo admitimos abiertamente: no insistiremos en la duración o en la solidez de la ejecución, y nuestras criaturas serán casi provisionales, hechas para no servir más que una vez. Si fuesen seres humanos les daremos, por ejemplo, la mitad del rostro, una pierna, una mano, la que le será necesaria para su papel. Sería pedante preocuparse por la otra –innecesaria– pierna. Por detrás podría, simplemente, hacerse un hilván o pintarlos de blanco. Nosotros pondremos toda nuestra ambición en este soberbio lema: un actor para cada gesto. Para cada palabra, para cada acción, llamaremos a la vida a una diferente criatura humana. Tal es nuestro antojo, y ese será un mundo concebido a nuestro gusto. El Demiurgo amaba los materiales refinados, soberbios y complicados; nosotros damos preferencia a la pacotilla. Sencillamente estamos seducidos, cautivados por la baratija, la fruslería  y la pacotilla. ¿Comprendéis –preguntaba mi padre– el profundo sentido de esa debilidad, de esa pasión por los trozos de papel de colores, por el papier mâché, por la laca, la estopa y el serrín? Ése es –continuó con una dolorosa sonrisa– nuestro amor por la materia en sí, por lo que ésta tiene de moldeable y poroso, por su ineluctable consistencia mística. El Demiurgo, ese gran señor y artista, hace la materia invisible al hacerla desaparecer bajo los ojos de la vida; nosotros, al contrario, amamos sus disonancias, sus resistencias, su torpeza de golem. Nos gusta ver en cada uno de sus gestos, en cada uno de sus movimientos, su pesado esfuerzo, su inercia y su dulce torpeza.”

Las muchachas se quedaban fascinadas, mirándole con ojos estáticos, como de porcelana. Al ver sus rostros tensos y paralizados por la atención, y sus mejillas afiebradas, resultaba difícil saber si eran criaturas del primero o del segundo Génesis de la creación.

 

“En una palabra –dijo mi padre–, queremos crear al hombre por segunda vez, a imagen y semejanza del maniquí.”

 

Al llegar a este punto, y para ser fieles al relato, debemos mencionar un pequeño e insignificante incidente que se produjo en ese momento, y al que no dimos ninguna importancia. Totalmente incomprensible y carente de sentido en esta serie de acontecimientos, ese incidente podía interpretarse como una especie de automatismo fragmentario carente de causas y efectos, como una especie de malicia del objeto, trasladada al terreno psíquico. Aconsejamos al lector que no le haga más caso que nosotros.

 

Así, pues, en el momento en que mi padre pronunciaba la palabra “maniquí”, Adela miró su reloj y cruzó una mirada de entendimiento con Polda. Entonces arrastró su silla hacia delante, y, sin levantarse, alzó el borde del vestido dejando ver poco a poco un pie enfundado en seda negra, rígido como si fuese la cabeza de una serpiente.

Adela permaneció en esa posición durante toda la escena –tensa, pestañeando con sus enormes ojos, que la atropina agrandaba aún más–, entre Polda y Paulina; las tres miraron a mi padre con ojos muy abiertos. Éste tosió, calló, se inclinó hacia delante y enrojeció. En un segundo, su rostro, que hasta entonces era vibrante y profético, adquirió una expresión de humildad. Él, el inspirado heresiarca, hace un instante poseído por un aura de exaltación, se había replegado súbitamente sobre sí mismo, descompuesto y encogido. Quizá había sido sustituido por otro hombre. Ese otro permanecía sentado y rígido, muy enardecido, con la mirada baja. Polda se acercó y se inclinó frente a él. Y mientras le daba golpecitos en la espalda le dijo con un suave tono alentador:

 

–Señor Jakub, razone, señor Jakub, hágame caso, señor Jakub, no sea obstinado… ¡Por favor, señor Jakub, por favor! 

 

El zapato de Adela, que seguía estirado, se movía con un ligero temblor y brillaba como la lengua de una serpiente. Mi padre, con la mirada siempre baja, se levantó lentamente, dio un paso de autómata y cayó de rodillas. La lámpara silbaba en el silencio. En los tapices de las paredes se cruzaban elocuentes miradas, se murmuraban palabras de doble filo en el aire, maliciosos pensamientos…

¿Te gustaría conocer más del autor?

Escribe tus datos de contacto y te haré llegar información, curiosidades y libros.

© 2016-2020 por DIEGO MAENZA

  • Blanca Facebook Icono
  • Twitter Icono blanco

Eres la visita número: