William Lane Craig contra Sam Harris

(2013)

Los 2 planteamientos de William Lane Craig en el debate de 2013 con Sam Harris en la Universidad de Notre Dame, son difíciles de desmontar, si únicamente se enmarcan en el contexto de los mismos y no se atiende a los factores externos que determinarían su invalidez. Estos son: 1. Si Dios existe hay moral; 2. Si Dios no existe no hay moral. Craig, haciendo acopio de la premisa de Dostoievski (sin dios todo está permitido) se olvida del añadido de responsabilidad en la premisa de Sartre: Estamos condenados a ser libres. Pero sistematiza sus propuestas con el rigor filosófico, contundencia y virtuosismo que lo caracteriza. Puntos iniciales para Craig.

Harris, por su parte, siendo muy cauto, expone la poética tesis del “paisaje moral” y su particular visión del bien como la “evitación del sufrimiento”. Aparte de su defensa airada de tomar los valores desde la perspectiva de la ciencia, y de la analogía de la moralidad con la salud mental, no existen elementos sobresalientes en sus postulados. Harris divaga hacia la descalificación de las religiones pretendiendo centrarse en la dogmática musulmana, y su rival objeta astutamente al no desviar el discurso hacia razonamientos externos a la temática. El mejor momento de Craig se presenta al afirmar que “el ateísmo está simplemente privado del fundamento ontológico adecuado para establecer la vida moral” y suena victorioso al haber desarmado los argumentos del neurocientífico, a lo que Harris refuta, acoplando magistralmente la paradoja de Epicuro.

Harris, pese a circunscribir sus posturas al campo de las ciencias, cosecha planteamientos que se rastrean, incluso, en el otro bando: en San Agustín de Hipona, lo cual no quita méritos a sus ideas.

A ratos, la dialéctica de Craig se asienta sobre argumentos de autoridad que de cierto modo deslegitima la acertada disertación que ejecuta en defensa de lo que el teólogo llama “valores morales objetivos” sobre los cuales estructura su debate. “Si no hay un legislador, no hay una ley moral objetiva”, sentencia el apologista cristiano. En cierto sentido, elude el principio antrópico.

La Causa Primera, concepto reivindicado por Craig, y la postura a priori de que existe un Dios bueno del cual emanan los valores, son presupuestos de un idealismo dogmático, y Harris hubiese podido disponer de un vasto material para liquidar a su oponente si hubiese estado más atento al discurso de Craig y no se hubiese dejado aturdir por el alto circunloquio de la contraparte.

La gran ausencia de Harris se pone de manifiesto en no evidenciar que de existir “valores morales objetivos” que emanan de un ser supremo, deben constar en un código venido de ese ser supremo, de lo contrario serían desconocidos y estos deberían ser creados y no existirían a priori. Este punto no lo evidencia Harris pese a que pretende más de una vez llevar la argumentación hacia estos predios. Pero no lo evidencia. ¿Dónde queda la “moralidad objetiva” de la que habla Craig con respecto, por ejemplo, a la etología, o a otros temas morales contemporáneos? No se podrían catalogar como dados, sobre todo cuando sus presupuestos están basados en un punto inicial arbitrario.

 

RESULTADO DEL DEBATE:

La capacidad de digresión de Harris le permite explayarse, en su morosidad, sobre diversos temas, aunque sin la contundencia pertinente.

La rigidez argumental de Craig al sistematizar su discurso dentro del margen de dos premisas a priori resulta redundante, pero lo excusa de tocar temas en los cuales a todas luces trastabillaría, como la Causa Primera o la violencia religiosa, y en los que Harris pretende, infructuosamente, hacer tropezar al filósofo cristiano.

Los puntos a favor del teólogo los adquiere al haber estudiado bien a su oponente y plantear contrarréplicas por demás fundamentadas y no salirse del discurso que ha hilado desde el comienzo. Harris no hizo lo mismo con su contrincante, y esto lo puso en desventaja manifiesta.

Si bien Craig resulta, en sus mejores momentos, más contundente que el ateo, Harris, con sus pausadas réplicas, y a ratos parco de ímpetu, defiende argumentos que refutan los planteamientos del teísta. Harris, pese a no haber brillado, ha salido bien librado, a excepción del discurso de cierre que no aportó absolutamente nada al debate y que puso en ventaja a Craig en su tozudez de insistir en sus dos proposiciones iniciales, que, afirmó, no fueron refutadas por Harris. Y el teólogo tiene razón: sus 2 argumentos son imposibles de desmontar, si no se atiende a factores externos que confirmarían su invalidez. Estaba blindado.

Craig, cuando no invoca la limitante mitología cristiana, y en el presente debate acertadamente evita hacerlo, continúa siendo un gran filósofo del idealismo, el último de los herederos de Berkeley.

© 2016-2019 por DIEGO MAENZA

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