• Diego Maenza

El dictador


Cuenta la historiografía, contundente ciencia que en materia de pasajes como los que aquí se narran jamás se ha equivocado, que en algún lugar de Francia, durante los primeros días del decimoprimer mes del año mil novecientos cuarenta, cinco meses después de que las tropas alemanas derrotaran a las huestes galas, el Führer junto a otros grandes líderes europeos que por aquellos años dirigían los destinos del mundo, mantuvieron una reunión de carácter secreto en la que se fijaron las directrices políticas que modificarían el curso de la historia. Entre los asistentes a tan insigne congreso destacaron Benito Mussolini y Francisco Franco. Aquella fue (extraoficialmente) la quinta vez que Hitler se reunió con Mussolini y la primera vez que lo hizo con el Generalísimo.

Según cuenta la historia, Iósif Stalin, cuyos servicios secretos eran infalibles, al tener conocimiento del día y lugar de la reunión decidió asistir por cuenta propia y llegar de sorpresa a última hora para ratificar el pacto Ribbentrop-Molotov de no agresión firmado hacia casi un año, sin haberse perdido, no obstante, los detalles de la asamblea y haber participado en el consenso, aunque sin haber alcanzado una de las delicias gastronómicas preferidas en la engañosa dieta vegetariana del Führer que consistió en una trucha asalmonada con crema de mantequilla, cuyo plato habría devorado en cuestión de un par de minutos habiendo aplacado su deseo de insatisfacción al pellizcar parte de la sobra de la escudilla de Mussolini. El pobre de Stalin, muerto del hambre, alcanzó únicamente el postre, una crema bávara con frutas exóticas que no agradó al exigente paladar del soviético, apartando el alimento con desprecio, demasiado molesto por no haber alcanzado la trucha y extrañando su apetecible salmón de Siberia que en dicho momento le hubiese gustado servirse con un buen vaso de vodka, como era la costumbre. Hitler, un tanto irritado por el desaire del georgiano, acercó el recipiente y devoró el manjar con tan solo dos cucharadas, ya hubiese sido por brindarle al líder de la URSS una clasecita de buenos modales mostrándole que no hay que despreciar lo que se ofrece de buena voluntad, o ya hubiese sido porque al parecer aquel día el estómago del guía supremo de la Alemania Nazi se habría despertado con exceso de apetito. Este es uno de los más grandes misterios que intriga a la historiografía moderna. Aquel día se suscribió un renovado pacto de no agresión al más alto nivel directamente entre los líderes. Y lo cierto es que en dicho convenio se estipuló no solo la coexistencia pacífica entre los cuatro imperios, sino también una alianza tanto defensiva como ofensiva para salvaguardar la seguridad de cualquiera de ellos frente a amenazas externas. Cuentan las malas lenguas que la gula, siendo un pecado mortal, es capaz de inducir muchas otras transgresiones, y sería por esto que Hitler ordenó colocar con mucho cuidado la letra chiquitita en el contrato en el que a la postre no se esclarecía si Alemania podía atacar Rusia. Esas mismas malas lenguas aseguran que el hambre conduce al malestar anímico y que tal perturbación es determinante en todas y cada una de nuestras desgracias, y habría sido por este motivo que Stalin no quiso leer las letras más pequeñas del acuerdo, urgido por el clamor de sus tripas y por el recuerdo del salmón.

Firmaron los cuatro.

Para mantener controladas a las masas rusas y alemanas y confundir a sus detractores, Hitler organizó una reunión posterior, tan solo días más tarde, con el ministro de exteriores soviético Viacheslav Molotov, en la que, a la luz pública, la Alemania nacionalsocialista y el imperio comunista dejaban en claro que guardaban diferencias inconciliables. El plan no fue urdido con el único fin de desorientar al mundo, sino y sobre todo para engañar al despistado caudillo ruso. Y tal como consta en las páginas de cualquier libro de colegial, al siguiente mes, el líder alemán autorizó con su rúbrica la operación Barbarroja (llamada así, dicho sea de paso, en honor al famoso pirata Baba Aruj, corsario otomano apodado Barbarroja, quien aseguraba haber sobrevivido al espantoso Laberinto y haber obtenido el mayor tesoro en la historia de la humanidad), maniobra militar que consistía en preparar la invasión a la antaño gloriosa y ahora maltratada Unión de los Soviets. Como es conocido por todos, el veintidós de junio del año siguiente la Alemania Nazi invadió la URSS.

Todos estos pintorescos personajes poseían el secreto, ahora prostituido en las esferas políticas de discretas logias. No en vano Hitler y Stalin eran adeptos de la francmasonería y Franco y Mussolini pertenecían al conciliábulo del Opus Dei. Todos poseían la palabra. Conocían su poder. Se la despojaron a Vladímir Maiakovski y a Ósip Mandelshtám, a Isaak Bábel y a Mijaíl Bulgákov, a Borís Pilniák y a Borís Pasternak, a Aleksandr Solzhenitsyn; se la arrebataron a Bertolt Brecht, a Primo Levi, y a Thomas Mann, a Janusz Korczak y a Max Jacob, al inmortal Bruno Schulz con un disparo en la nuca; se la robaron a Miguel Hernández y a Federico García Lorca después de fusilarlo en la madrugada; y luego, con la palabra, arengaron a las masas rusas y sometieron pueblos enteros. Y después, dirigieron soflamas sobre las muchedumbres españolas y las condenaron al ostracismo. Luego, encumbrados en los podios más lujosos vociferaron peroratas que adormecieron naciones enteras. Y más tarde profirieron mágicas consignas racistas que llevaron a la muerte a cientos, miles, millones de personas. La palabra: opio supremo o bálsamo liberador. Es peligrosa en lenguas inseguras y déspotas. Cuando suena como canto en las bocas adecuadas es liberadora, pero mal usada degenera en muerte. Fue el misterio de la caja de Pandora protegida por la diosa bajo símbolos extrañísimos, y hace pocos siglos fue repartida a toda la humanidad cuando rabiosos bucaneros desembarcaron en el lado desconocido del mundo y se llevaron el oro y nos dejaron la palabra, al decir del poeta. Muchos la usaron para esclavizar, pocos para pretender liberarnos.

Y así, entre risas, anécdotas y desvaríos concluye la historia de la reunión secreta de los sátrapas. Debo referir, en honor a la verdad, que un grupo de historiadores ucranianos, desde el anonimato, han aseverado que poseen el histórico documento en el cual constan las firmas de los cuatro personajes aludidos, pero jamás lo han mostrado al mundo. Autoridades reconocidas en el campo histórico, han descartado estos testimonios acusándolos de marrullerías propias de timadores que han dado pie a las más descabelladas teorías conspiranoicas. De esta forma queda consignada aquí la contraparte de la existencia del manuscrito, para beneplácito de los espíritus más escépticos. Que no se diga que yo también pretendí timarlos.


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