• Diego Maenza

El misterio de los tayos (Prólogo del libro El descenso al dios sol de Rodrigo Monsalves)

Por Diego Maenza


Como un eco surgido de las profundidades, la voz de Rodrigo Monsalves nos invita a introducirnos en esta historia ambientada en las penumbras más insondables de la Cueva de los Tayos.

Localizada en una zona montañosa de la Cordillera del Cóndor en Morona Santiago, Ecuador, la Cueva de los Tayos se ha tornado famosa por diferentes razones, tanto políticas, científicas, religiosas, esotéricas, históricas y literarias.

Disputada como territorio a reclamar durante la Guerra del Cenepa que enfrentó en 1995 a los ejércitos de Ecuador y Perú, la cueva ya conserva un halo mítico dando la pauta para que se fabricaran diversas leyendas.

La Cueva de los Tayos ha fascinado a muchos expedicionarios. (Foto: Miguel Garzón para BBC Mundo)

Se ha establecido que hace 12000 años antes de la era común, durante el Paleolítico superior, la cueva sirvió de refugio para los humanos más antiguos en épocas de glaciación y que posteriormente, miles de años después, fue ocupada por los primeros shuar.

Traducido por Eduardo Videla.

La cueva desemboca en una intrincada red de pasajes subterráneos aún en la actualidad inexplorados en su mayor parte. Según testimonios de los valientes que se han aventurado a ingresar a sus predios, la cueva es hábitat de los tayos. Conocidos como pájaros aceitosos o aves de las cavernas, los guácharos o tayos habitan en colonias en los interiores profundos de las cuevas. Son aves nocturnas que se sirven de un particular sistema de ecolocación. La cueva que aludimos debe su nombre a estas singulares criaturas.

El escritor suizo Erich von Däniken, de manera controversial, popularizó para la ufología la historia de la cueva. Aunque muchos niegan la autenticidad de su testimonio, Däniken en su libro El oro de los dioses nos describe o fabula el descenso atroz a estos parajes:

“Súbitamente, de un paso al otro, la claridad se transforma en la más completa penumbra. Hay pájaros revoloteando sobre nuestras cabezas. Se siente el soplo del viento y experimento un sobresalto. Fulguran los reflectores de cascos y linternas. Ante nosotros se abre una sima. Valiéndonos de un cable, nos deslizamos hacia abajo hasta una profundidad de 80 metros, donde se halla la primera plataforma. Ha comenzado la marcha hacia el submundo de una raza extraña y desconocida, de miles de años de antigüedad”.

Apartado de connotaciones extraterrestres y más apegadas a las simbologías religiosas, ciertas agrupaciones del Movimiento de los Santos de los Últimos Días, conocidas popularmente como mormones, se han atribuido la zona como el lugar del hallazgo de las planchas de oro que fueron entregadas al profeta Joseph Smith por el ángel Moroni (hay que recordar que la cueva está localizada en el sector de Morona Santiago), según las cuales Jesucristo pastoreó junto a los hombres de la América antigua.

Bañado por este halo de misterio, el famoso astronauta estadounidense Neil Armstrong realizó una expedición a la cueva en 1976 junto al ingeniero escocés Stan Hall y varios miembros de la comunidad científica.

Fuentes de la nota y fotografía: Archivos de 1966 de Diario EL UNIVERSO de Ecuador.

Desde el ocultismo masón hasta lo paranormal New Age, la Cueva de los Tayos ha servido de inspiración para despertar conjeturas extraordinarias en la capacidad imaginativa del ser humano, aunque no podemos negar que muchas de ellas nos resultarán plausibles. Así, deslumbrado por su enigma subterráneo, el ecuatoriano Ney Yépez Cortez, luego de su exploración en 1992, escribió Crónicas intraterrestres, en la Cueva de los Tayos en la cual imagina una raza milenaria y pasajes multidimensionales.

Este es el escenario al que nos obliga a descender Monsalves en esta fascinante historia. Fausto Saavedra deja un legado inconcluso de descubrimiento e investigación. Lo asumirá uno de sus descendientes, atraído por la aventura y el misterio. En este contexto, notamos desde ya una referencia a la literatura fantástica y a la figura del doctor Fausto de Goethe, un hombre que pretende abarcar conocimientos que lo superan y que termina sucumbiendo debido a ellos.

La proeza narrativa de Monsalves nos introduce con pericia al mundo oculto de estos parajes laberínticos y remotos, a través de una historia hilada con precisión y maestría.

Sin obviar la presencia lovecraftiana (cuya referencia inicia desde el epígrafe), El descenso al dios sol se adscribe a la tradición fantástica de El horla de Maupassant, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares y La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, donde presencias amenazadoras y lugares incognoscibles son los detonantes para irradiar historias que sobrecogen.

Apreciada lectora, querido lector, eluda en este descenso el peligro de las estalagmitas, el olor permanente a la humedad de sus paredes, y el revoloteo ciego de los tayos sobre las cabezas, ante la enigmática mirada de aquellos seres que se ocultan en las concavidades más recónditas de las cuevas. Sintamos su respiración milenaria y dejémonos agitar por ellos. Ingresemos al mundo espeleológico de Rodrigo Monsalves en este descenso al dios sol.


Entrevista a Juan Moricz por Jaime Díaz Marmolejo (Diario EL UNIVERSO, 30 de julio de 1976) Foto: Diario EL UNIVERSO, edición del 21 de julio de 2019.


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