• Diego Maenza

El púlpito de Roma (o La verdadera historia de San Valentín)


(Relato incluido en el libro “Anábasis, antología de narrativa fantástica y ficción histórica” publicado en Costa Rica)


Estamos en el año 330 de la Era Común. Hace apenas diecisiete años que el emperador Constantino ha promulgado el Edicto de Milán, con el que se ha favorecido al cristianismo en detrimento de los rituales paganos. Para beneplácito de pocos y para sorpresa y dolor de muchos, todos deberán atenerse a las directrices impuestas por las nuevas normas morales. Faltan tan solo siete años para que el emperador fallezca.

En un oscuro rincón de Roma se yerguen las pequeñas murallas de maderas desgastadas que atrincheran el púlpito del señor Pietro Valentín. Desde aquí este extraño hombre de vida monástica y vestimentas holgadas proclama que el reino de los cielos se acerca, inculca la fe en Cristo y, por si fuera poco, en una manifestación no propiamente conveniente a las disposiciones del santo Papa Silvestre I, fiel lacayo de Constantino, realiza su liturgia incorporando una plegaria al dios Sol (cuyos seguidores rinden tributo cada amanecer al despuntar el alba), y en sus discursos lee pasajes de evangelios gnósticos, que han sido rechazados por la Iglesia Católica Apostólica y Romana por ser considerados textos apócrifos y mentirosos. Pietro Valentín nunca ha cobrado por su labor, vive de la caridad que no pide y solo se dedica a su religión.

A este incómodo reducto asisten personas de baja laya, miradas con desdén y asco por aquellas de elevada moral, puesto que las prédicas del señor Pietro Valentín no son acordes a la fe casi estricta de la naciente Iglesia Católica: si bien es cierto que el emperador ha sido tolerante con los rituales paganos, ciertas autoridades dentro de la institución religiosa se oponen a ello, y presionan al Papa.

Aquí, en esta humilde iglesia, vemos cómo entran desde las deshilvanas costureras y las sucias matronas hasta los herreros y los pescadores que impregnados de sus tufos cotidianos dan a este antro el aroma característico de sus asambleas. Las mozas y los mancebos también gustan de sus palabras. Las primeras, de faldas largas aunque mugrientas debido a las tareas del hogar y a los fluidos de las menstruaciones; los segundos, aún dominados por el hedor de los sudores debido a los trabajos del campo o bien del hierro, asisten con estoica puntualidad a los sermones de Valentín.

Quizás lo más llamativo acerca de este singular sacerdote sea su vida turbulenta. Tiene tres hijos que dejó de ver hace años, pero que le han durado como estigma en su reputación ante la mirada de insidia que despiden los ojos de los legos. Tuvo dos mujeres que lo abandonaron hace tiempo, habiéndose dedicado él desde entonces a la vida religiosa. Qué más se podría decir acerca de este hombre que no cause repulsión en los espíritus tranquilos. Precisamente lo que más odian los habitantes de los burgos es la libertad con la que dispensa bendiciones sobre artesanos y comerciantes de escasa economía, sobre extranjeros y vagabundos.

En una lejana tarde llegaron a su iglesia una pareja de desesperados buscando a toda costa la bendición de su amor. Habían pretendido conseguirla en el sagrado templo de la Iglesia Católica, aquella que el emperador había empezado a construir a la orilla del río Tíber y que en el futuro sería conocida como la Basílica de San Pedro en la cual desde entonces han morado todos los santos padres. La Iglesia los echó, sin escuchar sus razones. El pecado: ser ella mayor a su amado con una diferencia de casi cuarenta años.

Aquella misma tarde Pietro Valentín los bendijo en nombre de Cristo y del Sol, ante la concurrida asistencia de los pobladores habituales. La anciana y el virgen, como fueron recordados por el populacho, quedaron satisfechos y partieron rumbo a su pueblo natal de ríos cristalinos y brisa fresca.

Una noche llegó a caballo otra pareja en circunstancias similares a la del virgen y la anciana. Los habían desterrado de Padua a causa de sus amores, inmorales ante los ojos pulcros de la casta sacerdotal cristiana. Habían tenido noticia de aquella boda inusitada en la que el dios Sol dio aprobación al niño y a la longeva. Valentín los casó a la mañana siguiente. El marido, que había ostentado una renta nada despreciable, trajo a la siguiente semana de la boda una gran campana en agradecimiento por los servicios religiosos del sacerdote, obsequio que Valentín rechazó en el acto, pero que el pueblo acogió con benevolencia forzando al párroco a que la aceptara y fue ubicada en la cúpula del templo. Desde aquella mañana Valentín dobló tres veces la campana en señal del inicio de su sermón.

Algo que no ha sido dicho, la causa del destierro de la pareja de Padua: esta vez no fue su edad, fue su posición dentro del entramado social de la Edad Media. Él, un heredero burgués que regentaba un caserío; ella, su sirvienta. La puritana sociedad paduana los repudió por la transgresión de los más básicos valores morales. La pareja halló redención en el caluroso, minúsculo y atípico templo romano de Valentín.

De esta manera, el señor Pietro Valentín fue granjeándose fama mucho más allá de los límites de su poblado. La noticia de sus actividades llego a oídos de las autoridades eclesiásticas, quienes advirtieron al sedicioso párroco que se atuviera a las pautas establecidas por la Iglesia o se las tendría que ver con las órdenes de disciplina que vendrían, así lo amenazaron, del mismísimo emperador Constantino el Grande, claro que aún no se lo llamaba el Grande, ese epíteto le habrá quedado, seguramente, luego de su muerte, pero que conste aquí para que los espíritus despistados no lo confundan con algún otro emperador o rey de aquellos más modernos que abundan por todos lados.

El señor Valentín no se amedrentó: elevó una plegaria al dios Sol y otra más a Jesucristo, halló en ellas la paz que requería y fortaleció su fe en la religión que predicaba.

Entre los numerosos y raros matrimonios que propició este revoltoso agitador de la moral pública y la educación correcta, figuran como los más relevantes:

el de una ciega con un mudo.

el de una prostituta con un ex estudiante del sacerdocio.

el de dos mujeres (que no se extrañe nadie, el amor crece en los lugares menos esperados y en las fechas menos convenientes), que después de cinco años fueron apedreadas en una plaza pública.

el de dos hombres (que no se extrañe nadie, el amor crece en los días menos apropiados y en los corazones más imprevistos), que a la muerte del sacerdote fueron asesinados por una turba que los quemó vivos.

el de una ex duquesa con un marinero negro, que por fortuna huyeron nadie sabe a dónde.

el de una negra con un blanco (horror de horrores).

el de una blanca con un negro (horror de horrores).

el de una esclava que escapó para su boda (y que a partir de allí sería libre) con un mancebo esbelto llegado de Hispania, que se la llevó a tierras desconocidas y lejanas.

el de dos locos que gritaban que el amor lo era todo y cuyas ropas hedían a excrementos, que no duraron nueve meses vivos ya que solos, en una noche aciaga, se prendieron fuego en el tugurio que habitaban.

el de una enana con un gordo gigantón.

el de una gorda inmensa y cuarentona con un mancebo casto.

el de una negra y un negro (oh, horror de horrores, que Dios salve nuestras almas, gritaba la gente desde sus palacios).

el de una de sus ex mujeres con un afeminado llegado del país de los francos.

En fin, Valentín celebró todas las bodas que ningún otro sacerdote podría haber oficiado, admitía en su iglesia a jóvenes y viejos, a sanos y enfermos, e incluso, en los años previos a su muerte se dio a la tarea de despojar demonios de cuerpos poseídos, de bendecir almas moribundas, de prodigar curaciones, y fue así como se extendió, hasta lugares remotos, la noticia de que él podía curar la lepra.

Una mañana llegó una muchedumbre de leprosos provenientes de diversas partes del imperio. Llegaron juntos pero sin haberse puesto de acuerdo. Tocaron a la puerta y solicitaron la bendición. Valentín, que siempre fue honesto, les advirtió que aquello no los curaría, que lo escuchado por ellos eran solo rumores y que apelaran a la infinita bondad del dios Sol y a la inmensa misericordia de Jesucristo. Los bendijo. Los leprosos marcharon de regreso, decepcionados por no haber podido presenciar las virtudes sobrenaturales que esperaban, pero reconfortados con un aura espiritual e infinitamente fortalecidos en la fe gracias a las sabias palabras de Pietro Valentín.

Al ver desaparecer a la multitud, Valentín notó dos sombras que aún quedaron paradas al frente de su iglesia. Eran dos jóvenes de miradas cabizbajas y con el cuerpo completamente lleno de charras. Nosotros nos amamos, le dijeron al párroco, esta vez alzando la cabeza. Valentín asintió, comprendiendo. Pasen, hermanos, fueron sus palabras. Redoblaron las campanas y una vez más el párroco romano ofició una boda ante su feligresía.

Aquella noche Valentín soñó con el cielo. Lo vio blanco y tibio. En su ensueño presenció a cada una de las personas que había unido en sagrado matrimonio: vio a la negra y al negro, vio a la duquesa y al marinero, vio a las dos mujeres enamoradas, vio a la esposa negra y a su esposo blanco, vio al español y a la esclava, vio al mudo y a la ciega, vio al gordo y a la enana, vio a los dos locos y le llegó un perfume a rosas, vio a la blanca y al negro, vio a los dos hombres enamorados, vio a la gorda y al mancebo, vio al franco y a su ex mujer, vio al estudiante y a la prostituta, vio a los leprosos que ya no eran leprosos sino dos jóvenes hermosos revestidos de piel aterciopelada y lisa, llana, fresca, pura. Comprendió que pronto moriría.

A la mañana siguiente no fueron las campanadas de la iglesia las que despertaron al pueblo. Fueron los gritos y proclamas que anunciaban la presencia del santo padre, el Papa Silvestre I. La gente se asomó con cautela, con una mezcla de miedo y curiosidad. La comitiva, formada por altos representantes del clero católico, avanzó hasta las pequeñas puertas de la iglesia de Valentín y las hizo retumbar para sorpresa del canónigo que con las calzas puestas sobre el sueño asomó su cabeza despeinada.

Diez minutos más tarde, frente a sus victimarios, Valentín escuchó la sentencia que lo condenaba a la horca. Entre otras cosas que decía el documento acusaban a Valentín por:

…incitar, aprobar y realizar acciones inmorales que van en contra de los más elementales principios de nuestra religión y preceptos heredados de nuestro señor Jesucristo...

Media hora más tarde Valentín fue ejecutado en el aborrecible símbolo de sedición y pecado que constituyó su iglesia: lo colgaron de una de las vigas frontales para exhibición del pueblo y escarnio de todos, pueblo que aturdido por la magnificencia de los vestuarios de aquellos señores imponentes no se atrevió a salir en defensa de su sacerdote.

Antes del cenit, cuando los altivos caballeros se marcharon al son de una trompeta, una joven de mirada larga y expresiones bellas fue la primera en acercarse. Con la ayuda de otros mozos logró bajar al párroco de aquel innoble lugar: lo ingresaron a la iglesia y lo acostaron sobre la tarima que había sido su sitio sagrado y ahora se había convertido en su lugar de reposo. Lo velaron durante todo el día.

Es un santo, decía la gente al contemplar su cara. No habrá ninguno como él, repetían otros. Al atardecer, luego de enterrarlo en un descampado y haber puesto sobre el promontorio una cruz con la inscripción del dios Sol, indignados, cada uno retornó a su hogar para contarles a sus hijos durante la noche la noticia trágica que enlutaría a la comunidad durante años. La muerte es el paso hacia la vida eterna, había profetizado desde el púlpito Valentín, San Valentín, como lo llamaron desde entonces, para conservar por siempre la memoria de sus hazañas en los anales de la historia universal de los amores.


Puedes descargar la antología completa en la página web de Revista Virtual Quimera dando clic en la imagen:



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