• Diego Maenza

La mitificación de la realidad

“Consideramos normalmente la palabra como una sombra de la realidad, su reflejo. Más justa sería la tesis contraria: la realidad es la sombra de la palabra”.

Así culmina Bruno Schulz el pequeño manifiesto titulado La mitificación de la realidad, donde condensa una filosofía estética que puso en práctica en todos sus escritos.

Más que recrear la realidad, Schulz plantea construirla con las ruinas fragmentadas de los mitos originarios, de los cuales, a su criterio, proceden todos nuestros conocimientos y nuestro sentido de lo real.

Y esta parece ser la consigna a la que se adhiere Cynthia Ozick en su novela El Mesías de Estocolmo, aunque para la novelista, la fabulación la ejecute en torno a la vida del gran mitificador.

Lars Andemening es un gris crítico literario que escribe reseñas para la columna de los lunes (la menos frecuentada) del Morgontörn, un periódico joven de la capital de Suecia durante las últimas décadas del siglo XX.

Lars, delgado y cuarentón, se impone rigurosas lecturas de escritores centroeuropeos. Sus compañeros Gunnar y Anders, en contraste, trabajan sus críticas en torno a novedades estadounidenses y novelas en boga. De acuerdo al interés que despiertan sus columnas, estos dos pulsean por popularidad. Evalúan su aceptación mediante la cantidad de correos que les llega a cada uno, que son abrumadores para estos últimos.  A diferencia de ellos, Lars se conforma con apenas un par de mensajes a la semana.

El aislamiento de Andemening se plasma en su trabajo. Para cumplir sus labores de escritura, Lars debe esperar que la redacción culmine sus funciones matutinas y vespertinas para acceder, en horarios nocturnos y solitarios, a alguna máquina de escribir (normalmente trabaja en el cubículo de Anders).

De Lars llegamos a saber que tuvo esposa e hija, y que sus días transcurren en un retiro autoimpuesto. Intuimos que su aislamiento le provoca una sensación de desamparo tan profunda que lo impulsa a llenar el vacío existencial con la creación de una fábula que pretende insertar en la realidad: Lars se declara hijo del famoso escritor Bruno Schulz, quien fue asesinado mediante una ejecución extraoficial por un agente de la Gestapo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que Lars Andemening, el escritor Bruno Schulz fue un alma solitaria y un reseñista obstinado. Schulz publicó en vida dos libros de pequeño formato, conformados por cuentos, pero que por su parentesco temático y de continuidad en el relevo de los personajes se debaten en esa delgada línea que conduce hacia las novelas cortas. Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra (así se titulan estas pequeñas joyas) recuperan para la literatura de imaginación la esencia de fabular, la potencia ficcional que un realismo a ultranza no pudo ni podrá sostener.

Se entiende que este tipo de literatura no fue relevante para el pragmatismo germánico que asoló los dominios del Tercer Reich, ni mucho menos útil (posteriormente) en terrenos rusos. (De la obra de Schulz se ha dicho que fue destruida por el nazismo y posteriormente ninguneada y sepultada por el socialismo soviético). Por lo tanto, Schulz fue asesinado dos veces: la primera ocasión por una bala que atravesó su occipucio; y la segunda, por los mecanismos históricos que sepultaron durante largo tiempo sus escritos.

Schulz también legó una obra gráfica, que ha sido conocida como El libro idólatra. En las representaciones Schulz retrata, con imágenes de un aparente estado masoquista y por medio de leves deformaciones antropomorfas, un erotismo masculino en decadencia.

En sus libros, y al igual que otros visionarios con los que se vincula su literatura (pienso en Pablo Palacio, pienso en Cărtărescu, pienso en el Cortázar cuentista más que en Borges o Kafka, con quienes se ha querido ver un parentesco forzado) que injertan la iniciativa de lo fabuloso para obtener la rareza de lo fantástico en lo cotidiano, Schulz trabaja la realidad moldeándola con altas dosis de una invención que procede de las historias fundacionales de la humanidad.

Retornando al planteamiento argumental de la historia de Ozick, Lars intima con Heidi, una librera que lo provee de las exclusividades literarias eslavas, muchas veces en ediciones traducidas y otras que solo puede conseguir en su lengua original. A Heidi confiesa su secreto, que ella acepta a regañadientes.

En la librería, y por las novedades que comercia un viajante que dice llamarse Eklund y afirma ser esposo de Heidi, Lars se entera de que ha aparecido un manuscrito aparentemente verídico de El Mesías, la novela de Bruno Schulz que según la leyenda desapareció antes de que la muerte le cortara la oportunidad de publicarla.

Para tornar más admirable el relato, en quien ha recaído el manuscrito, luego de una ardua travesía (que incluye incluso haber permanecido durante años dentro de una bota), resulta ser una muchacha oscura que también afirma ser hija del gran escritor.

La intriga, el cruce de historias que a veces nos convence de pleno, tan solo para que al siguiente párrafo nos persuada de su condición de falsedad, dotan a la novela de Ozick de un aura atrayente y enigmática, pero a la vez de una historia humana y conmovedora, un drama traspasado por la soledad y el deseo de escapar de la fatalidad de lo cotidiano, y que nos deja espacio para comprender que los personajes grises también pueden tener sus cinco minutos de luz.

Lars culmina la obra como un hombre nuevo, renovado, incluso podríamos decir diferente, pero no por los motivos que él hubiese deseado al inicio. Lars debe enfrentarse a su propia incertidumbre y emerger como el hombre que ingresa a la modernidad.

Finalmente, Lars logra algo de reconocimiento, pero no por ser el hijo de un personaje de la Historia, sino por lo que ha intentado ser durante toda su vida, un reseñista decente.

Cinthya Ozick ha recreado en El Mesías de Estocolmo una de las más extrañas obras de la literatura contemporánea, precisamente porque explora una oportunidad ficcional que deja abierta la historiografía y convierte su novela en un tributo sin parangón a Schulz, el gran maestro de los mitos primarios.

Después de frecuentar esta novela, frente a Cynthia Ozick hay que sacarse el sombrero, hacerle una reverencia y una ovación.

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