• Diego Maenza

Llanto por RB


La última vez que la vi me dijo:

Hermano, queridísimo hermano, bebamos

esta copa de sangre y literatura.

Y deglutimos poemas en el estertor del ocaso

junto a un par de cervezas calientes y amargas.


Alguna vez pisamos juntos los teatros del mundo.

Era flaca y pálida y parecía una hermana mayor.

Yo la miraba como se observan a los seres insignificantes

y ella recitaba un poema y ya no se encogía,

y su cabello se alborotaba en las tramoyas de la tristeza.


La poesía era droga, alivio y condena.

Jugaba con las palabras como una malabarista

ciega y coja a la que alguna vez se le callera la flama.

No le dolían las manos por los callos de la incomodidad.


Escupía consignas con la rabia de las tunantes

y en ocasiones soltaba frases absurdas

que solo su triste cerebro de poeta extraviada

y sus piernas débiles descifraban bajo los látigos de la rareza.


RB adolecía del vértigo a lo incierto.

Alguna vez hicimos una obra juntos

y ahora sus manos y su voz

aplacadas por el olvido y sus precariedades,

reposan en los estantes del silencio.



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© 2016-2020 por DIEGO MAENZA

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