• Diego Maenza

Los fascinantes reflejos de Laura Echevarría


En La comedia de las equivocaciones, Shakespeare prefigura el tema de los hermanos idénticos, con una historia tan intrincada como hilarante en el drama de los Antífolos y los Dromios, dos gemelos nobles y sus respectivos esclavos mellizos separados en una tormenta, inspirado a su vez por Los dos Menecmos, la famosa comedia de Plauto. Asumiendo esta herencia, hallamos planteamientos similares como el desdoblamiento de la personalidad en Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson y El doble de Dostoievski. Como una variante, también Saramago ha abordado la temática del Doppelgänger en El hombre duplicado, novela en la cual un desdichado individuo encuentra a su sosia exacto, aparentemente sin ningún vínculo familiar. Emblemático es el relato de Pablo Palacio, La doble y única mujer, de connotaciones menos psicológicas y más encaminadas hacia lo físico entre siamesas que dilucidan sobre su naturaleza excepcional. Y en la actualidad suena muy popular Una inquietante simetría de Audrey Niffenegger, que plantea el tema de las gemelas, en un libro a todas luces pensado para satisfacer a las masas.

Todas estas tradiciones las trastoca Laura Echevarría en El espejo, una novela elegante y envolvente. Con una prosa que no raya en la rimbombancia ni peca de sequedad, Echevarría nos introduce en el crudo drama de Marina, una muchacha sometida a los designios perversos del destino, pero que porta dentro de sí la suficiente fortaleza para encarar al sino que la condena.

Nuestra joven protagonista se verá sometida a escarnios de diferentes naturalezas y magnitudes.

Partiendo de una premisa casi fantástica (que recuerda mucho al realismo mágico clásico: mal de ojos, maldiciones, curaciones espontáneas, quiromancia y profecías), e incorporando la mejor tradición realista, El espejo de Laura Echevarría borda historias increíbles de desdichas que confluyen en un final mesurado.

Rita y Marina son gemelas, tan parecidas que apenas son identificables por el aspecto de sus ojos: en la primera, la vista izquierda es negra y la derecha azul, en la segunda todo lo contrario. Pero las coincidencias de sus físicos difieren en totalidad de las características de sus almas. Marina toma fama de lanzar maldiciones; Rita, de curarlas.

Tras abandonar su natal Iguala, donde la han obligado a desposarse en un matrimonio de conveniencia, y donde ha cosechado la fama de provocar mal de ojo sobre sus circundantes, Marina se traslada a Ciudad de México con el fin de profesionalizarse y de escapar de todo lo malo que ha dejado atrás. Allí surgirá la amistad sincera con Yoko, un joven que la acompañará hacia un nuevo descubrimiento de madurez social y personal. Allí padecerá la misma violencia machista que no es exclusiva de los pueblitos bárbaros y apartados, sino que se encuentra incrustada en toda una sociedad. Marina seguirá portando ese halo de fatalidad que la acompaña y la resguarda, pues si bien es cierto que porta la facultad maléfica de infligir daño de manera inconsciente en las personas que pretenden atentar contra ella, este mismo misterio la protege de sus posibles castigadores.

Apelando a la individualización, cada gemela conlleva una carga sobre sí, positiva la una, de desgracias la otra, pero que, como en el reflejo frente a un espejo, acabarán trastocando sin que podamos determinar quién actúa de manera benéfica y quien es la que genera cargas de maldad.

El espejo no nos direcciona hacia una literatura gótica, tampoco se perfila como una novela psicológica, pues si bien hace acopio de ciertos principios pertenecientes a esta parcela del conocimiento para adentrarnos en la piel de las protagonistas, es únicamente para resaltar su condición de contrapuestos y no para marcar postulados.

Laura Echevarría nos obliga a pararnos frente a su artilugio, nos trastoca los contextos, los voltea, los refracta de manera seductora, y nos invita a reparar en que la realidad también tiene otros contornos, otros matices, otros reflejos.


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