• Diego Maenza

Un dios sin norte

Desde que Mark Twain escribió su Diario de Adán y Eva y su póstuma Cartas desde la Tierra, que con carácter mordaz y cuestionador nos hace vivir los relatos bíblicos desde una perspectiva de los protagonistas (la primera pareja humana y el Diablo, respectivamente), otros audaces se han atrevido a perturbar el piso argumental de los evangelios y de los libros canónicos para estimular sus ficciones, o para ficcionar alternativas apócrifas a las leyendas sagradas e incluso dar voz a quienes nunca la tuvieron; unos con intenciones hagiográficas, al exaltar las cualidades del mesías, como ocurre en Historia de Cristo, de Giovanni Papini; otros, al deformar las historias con agudeza como Pär Lagerkvist en Barrabás, Norman Mailer en El evangelio según el hijo, o Nikos Kazantzakis en La última tentación de Cristo, donde rasca las costras de la teología para aclarar las heridas que volverán a cicatrizar, pues en la novela del griego, pese a plantearse durante casi todo el libro una narración divergente, se descubre que al final siempre se trató de la misma historia canónica. No obstante estas sutilezas, otras escrituras asumen con frontalidad la reinterpretación de las páginas del libro sagrado de la cristiandad como sucede en Rey Jesús de Robert Graves que aborda su trabajo con rigurosidad histórica, o con mayor radicalidad en las novelas Caín y El evangelio según Jesucristo de José Saramago.

El cometido de Nelson Estupiñán Bass, en la novela Al norte de Dios, pudiera aparentar no mucho más arriesgado que sus precedentes, pero se suma con altura a una tradición que acoge la libertad creadora como su estandarte. Trastoca las páginas de la Biblia, al punto de inaugurar un nuevo libro del Génesis. Apela al relato fantástico, retrata a las divinidades en sus contextos espirituales (el escenario inicial es el cielo) y las baja a la tierra donde deberán ensuciarse en las repugnantes charcas de los pecados humanos, explora las intenciones de los jerarcas del paraíso y del infierno y nos pone al tanto de las directrices que ordena el ser supremo (tanto el de arriba como el del inframundo), todo esto narrado no sin cierta puntillosa ironía.

En su interés por enderezar a la humanidad, el Todopoderoso encarga a su hijo la difícil tarea de ingresar al planeta donde habita una generación de seres corrompidos y a punto de llevar al colapso a su propia especie y entorno. Pero esta vez el redentor no será Jesús, sino su otro hijo, el Diablo (Lucifer, Satanás, Mefistófeles, Luzbel, Belcebú, como también es llamado a lo largo de la novela).

El Diablo, hijo de la deidad suprema y una mujer africana, es enviado a la labor mesiánica de enmendar el proceder de los habitantes del planeta. Llegados a este punto no es de extrañarnos que Dios, en vista de la incorrección de los humanos, eche la culpa a Jesús de la negligencia y lo confine en una aldea del infierno junto a Hitler, Mussolini y García Moreno.

La rivalidad entre el Diablo y Jesús vendría a ser el sucedáneo ficcionado del enfrentamiento entre Caín y Abel, aunque Jesús, con la temporada pasada en el infierno, comprenderá de mejor forma a su hermano y regresará renovado al cielo.

A Estupiñán Bass no le interesa la literalidad de la historia, de hecho le atrae la idea antagónica, pues la deforma para dejar volar la fantasía y anunciarnos lo que hubiese pasado si las divinidades hubiesen bajado con verdaderas intenciones salvadoras, ratificando la epifanía de César Vallejo al decir: Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios. Aunque el resultado, al fin y al cabo, no sea tan satisfactorio.

El Diablo empieza a reclutar discípulos para la labor redentora. Los encuentra en las capas más ásperas de la sociedad de Equinoccio: Roberto Cascante, un narcotraficante que decide seguir a Satán para reivindicar sus acciones inmorales y terroristas; Temístocles Parra, pescador quien en su juventud fue un novicio que abandonó el monasterio ante las iniquidades de los sacerdotes, su hipocresía y su avaricia; Jacinto Trueba, un profesor perseguido; Mónica Torres, quien ha huido de una dictadura; Dominga Pantoja, una prostituta de un pueblo periférico; Feliciano Cangá, poeta popular e hijo de esclavos; y un ladrón llamado Zacarías Bone, con quienes emprende la travesía para la limpieza espiritual de las multitudes de Equinoccio, sin franquear los límites de Molumbia y Meridiano, territorios fronterizos.

Antes de emprender su travesía por Equinoccio, el Diablo encarga la dirección del infierno a Sor Etelvina, otra de las discípulas y le explica la forma sabia de administrar sus dominios. En el mandato interino de Sor Etelvina presenciamos la celebración del matrimonio entre Jesús y una actriz, llegamos a conocer las verdaderas intenciones de Salomé, de Betsabé, y de Sansón y Dalila; la historia de Judas, quien era conviviente de María Magdalena y que por celos traicionó a Jesús; de Jonás que nunca fue tragado por una ballena; de David, el antiguo rey de Israel, que es presentado como un ser vil; la digna justificación de Caín por la merecida muerte de su hermano; la confesión de Abel de su execrable crimen.

Ya en la Tierra, el Diablo junto a sus evangelistas (son quienes narran en primera persona las fábulas) recorre los poblados que se identifican con los pecados a la manera de un moderno Dante que nos llevara a pasear por los círculos de un infierno terrenal. Atraviesan poblados comunes y otros menos discretos, como la ciudad de Cincinato, dividida por un río en cuyas laderas opuestas conviven una comunidad de lesbianas y otra de homosexuales machos. En cada arribo, el Diablo aplica severos castigos a los desobedientes.

La novela, marcada por la pulcritud de su lenguaje, destaca por la envolvente soltura de diálogos complejos que son insertados con espontaneidad, al prescindir de la tradicional raya de discurso (aunque sin mayores alardes formales), impidiendo que se interrumpa el flujo narrativo.

Al norte de Dios, está marcada por momentos elevados e intensos, pero ninguno superado por las páginas finales, cuando los sabios del Diablo redactan el nuevo libro del Génesis, al invocar poéticamente el origen del universo y la evolución en la tierra. Son las páginas más logradas de toda la obra.

La novela, para cualquier lector desprevenido, podría resultar una blasfemia contra Dios y un enaltecimiento del orgullo individual. Yo veo todo lo contrario: una exposición de nuestra bajeza y una necesidad de asirnos con urgencia a algo que nos redima; un planteamiento ficcional sin ánimo de denostar la religión sino de humanizarla, precisamente al volcar ideas refrescantes ante una especie que por su naturaleza pareciera no tener salvación en ningún lugar y en ningún tiempo.

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